viernes

CAPITULO PRIMERO: En que narra la huida del responso

De la ajadas rúas de la aldehuela, sitiada en lontananza a pie de lomas pardas y de nombre La Capellana, se anuncia a voz en grito por el voceador del alcalde, el nombre de un joven azotacalles-¡Iscariote!, ¡bribón! ¡devuelve la chapona!-y pesar de ser finales del mes de abril, no la devolvió por asegurarse la calidez del invierno venidero, por eso, y porque no le daba la gana, tal y como decía: -el hurtador, es el padre de la inquietud, y la mente inquieta a cuerpo vivo pertenece- y después bebióse la cerveza en el cáliz sustraído de la capilla. ¡San cebada!-dijo, ¡hoy es san cebada!, a lo que siguió una noche de sueños y aguas menores. A la mañana tocó la puerta la abuela, una bienaventurada vecina que reclamaba lo que le fuera robado, y recordó el pícaro que en tropel un día, y en séquito los monaguillos, acudieron con diez cepillos a sacar a Iscariote los posibles, -figúrese abuela, a penas me sostengo de pie, sino fuera por la roña que se apega a mis pantalones, si algo tuviera que ofrecer, no sería más que el peso mi alma austera-. Y al verse atrapado por las sotanas, a los cuales proseguían pensamientos impíos, se vio asistiendo a su responso onírico, sin acompañamiento más que por los pájaros, estos, los de clerigman, y yacía limpio en la tierra, de ropajes y escarmientos-figúrese, abuela-que dominio desvalijando que hasta el alma aceptaron sustraer, a veintiún gramos el alma del muerto, buenas monedas sacan a precio de costo,-figúrese,abuela-y a mi me llaman salteador, porque robo pan aquí y allá. -¡Zascandil!-aulló la abuela- avisada está la guardia, por la chapona hurtada-señalando, batuta en mano, avispó el ojo y torcióse la boca enseñando un pozo negro.

El guardia arremetió y desplomó su choza, acondicionada para todo menester: colcha y colchón de pluma de águila imperial, buenas aberturas para la entrada de Lorenzo, con techado astillado por la estructura a medio estrenar, que a tientas, mientras trabajaba en el cobertizo, a cortarse fue el uno de bastos, y dejó la empresa para otras ocupaciones.

 "El Trufo", que así llamaba al guardián por la coloración del atuendo, quísole llevar a la cárcel, y el, artista del amaño, ¡trovador de la camándula!, con tres segundos bastó para hacerse Iscariote un muerto bien vivo. De eso se puede alabar, que el guardián, de profesión verdadera cobarde, vio las piernas del bribón tambalear para caer tieso al suelo, sin un solo palo. Olió con buen agrado el perfume de cebada y rióse en sus entretelas, el rufián. Santa cebada, pensó-que buen trago apetece al trabajo de fallecido-.

Al rato la conjura de toda Capellana, en honor al óbito bien merecido. Véase al alcalde Isidoro al frente de la manada, estirándose de la barba, soñando con los cubiertos de plata fina que le sustrajo el muerto en la comida popular de la fiesta patronal. A sus pies el pastor jesuíta de manos cruzadas detrás de la espalda, cruz en cuello, calculó las monedas que sacaría-otros veintiún gramos padre, se va hacer de oro. Y claro, dios le traería más muerte y negocio. Con el alma embotellada en tarros de miel, Iscariote no valdría más de unos pocos céntimos, a no ser que el comprador forastero fuera, en ese caso, robarle si valdría, pero no que hurte el pícaro Iscariote, donde va a parar en comparación.

Y congregados estaban también la familia Marizconde con sus siete hijos y medio, ese que nació jorobado, de dos quilos cien. Farfulla la familia mientras tres hijos mozos descargan guijarros al cuerpo de Iscariote, que pestañea al recibir los golpes en las tragaderas. Recibió también el pésame del vocero, que calló como un bastardo, y como no, la abuela tragicómica de chapona raída, pues venía a recuperar lo suyo, después marchóse por donde el camino le trajo. A Iscariote no le molestó-figúrese,abuela- sisaría dos de camino a los Cubrieres, hasta amanecer en las pedanías de la comarca.  Ernesto el barbero, sentado en silla de latón, fumando un puro por lo celebrado, y !Doña Pilar Sastre!, vinatera, copista y volteadora de rorros, la única que lloraba de veras pañuelo en mano, ¡que buena es!, después Iscariote creyó ver por el rabillo del ojo a una joven mujer en forma estantigua, a esto le dijo que advirtiese de toparse con los del otro vecindario, que eran carteristas los peores parados, que en las celestes alturas perseguidos estaban por el de la guadaña, uno que va y viene a sus anchas, y encima pide sueldo el canalla. A esto Iscariote pensó en donde estaría más arropado, si bajo la tierra o sobre el cielo, a lo que la entelequia de cabellos lacios respondio:- si usted muerto no está, no decida anticipadamente, que los caminos solo entienden de pisadas, nada de suposiciones o adelantarse a los hechos, es el presente el vigilante-. A lo que Iscariote no respondió pues ya sabía, y un desliz en su cabeza, o la duda, no daba para escuchar sermones ajenos, con esto quedó mudo y quieto ante la aldehuela entera, a la espera. Al poco llegó Rodolfo, célebre autor de poesía cantada en la puerta de la posada, y en la plaza de la fuente, y de la cuadra, pues atiende ahora a Iscariote los gallos de un circense-¡y llamarme a mi azotacalles!, Rodolfo se acercó a palpar al muerto, pues creíase docto en restos, y colocando los dedos sobre vientre negruzco, hágale tanta cosquilla al hurtador que rompió en la risa de llanto, a carjada fresca y limpia, a tan mandíbula batiente que a ojos de los espactantes aldeanos encontraron el silencio fúnebre, justo antes de molerle a palos e injurias. Iscariote levantóse a toda prisa, salió a piernas del falso responso aun con la boca amplia e hizo carrera a pie de callejuelas, tras el, todos los penitentes y arrastrados de leyes infames.-¡Al ladrón!, ¡al mentiroso!, ¡al burlón tarambana!, los que gritaban empedernidos, no diesen cuenta que eran sino ellos mismos los culpables, los cumplidores de la norma infame, seguidores de la guardia merecedores de sufrimiento.
Iscariote hiciese notar su repulsa al pueblo ignorante de la tragedia a la que obedecían en la España oligárquica de este tiempo, presos serían de por vida, mientras, el pícaro se halló más libre que de costumbre, sin serlo en plenitud. Huyó pues por los pedregosos sin rumbo, hasta la caída del sol, donde halló refugio bajo el almendro. 

Y así es como cuenta la historia de la huida del responso y el bautizo de Iscariote el Tarambana, pues volteó el cáliz sobre su cabeza, hasta rebosar de cebada, y durmió como un lirón.